martes 31 de agosto de 2010

Parque Patricios, tierra de nadie 2

Salí de la redacción tarde. Como todos los lunes y martes. Mi ánimo ya andaba por el piso, no sólo por el cansancio y esas angustia que a veces me deja trabajar tantas horas solo sin más contacto con otros seres humanos que el msn. Sino también, porque sabía que no era la mejor hora para esperar, viajar y bajarse de un colectivo cuando se vive en un barrio del sur. Encima lloviznaba.

Tuve suerte, el colectivo llegó rápido. El viaje pasó mientras pensaba algo que ahora no me acuerdo. Ya al llegar por avenida Caseros me puse a meditar qué me convenía más, si bajar en la parada cercana a la comisaría, donde hay un kiosco que ya no abre más de noche, o en la segunda, más cercana a mi casa, pero más expuesta a lo que venga.

Bajé en la primera, esperaba no encontrarme con el pibe que siempre me pide algo y me sigue hasta mi casa. Avenida Caseros parecía desierta, salvo por un flaco con cara de resignado y cierto miedo que esperaba frente al kiosco cerrado.

Caminé la primera cuadra y crucé en diagonal. Todo era desolación y humedad pegada a las paredes, al piso. Fue cuando lo vi desde el otro lado de la calle. Y me vio también. Cambió su rumbo y enfiló hacia mí. Alrededor, el vacío. Ni un alma, nada.

Miré con poca esperanza al cuartel de bomberos, que solía estar abierto en épocas normales y ahora era sólo una enorme puerta de madera. Una puerta cerrada, como todas las demás a lo largo de la calle. Puertas cerradas y árboles oscuros.

- "Viste, está cerrado, no hay nadie", dijo como riéndose de mi gesto desde la mitad de la avenida, mientras seguía su camino hacia mí. Viene con algo en la mano, es cuadrado y grande, como un ladrillo o una piedra.

- "¿Y amigo, qué andás necesitando?", le digo ya resignado, imaginando cómo sería el piedrazo en el lado derecho de mi rostro, la sangre cayendo, la desesperación de que no haya nadie para detener la posible agresión o aunque sea llamar a una ambulancia si llegara a ser necesario.

A simple vista, con la escasa luz de la calle, veo que trae una campera negra, el cierre tiene una raya blanca. Lleva pantalón de jean y tiene esa forma de pararse del pobrerío, como con cierto desgano, que es la antítesis de una postura militar. Debajo de la gorra pispean algunos rulos formados más por mugre que por una crema de enjuague. Me lleva media cabeza de alto.

- "Agarrá", me dice.

- "¿Qué es?", pregunto y miro el bodoque cuadrado que llevaba en la mano.

- "Alto chocolate. Me lo dieron allá -indica hacia una confitería restaurante ya cerrado- es el que les sale fallado del molde. Dale agarrá. Soy de San Isidro. Recién me largaron, quiero tomar algo caliente. ¿No tenés plata?"

- "Pero estás re lejos loco, ¿qué hacés por acá?", le pregunto y le doy cuatro (sí, tal vez fui generoso, pero en ese punto ya respiraba con cierta tranquilidad y hasta me había caído bien).

- "Me trasladaron. Me trajeron por una causa. ¿No sabés por acá un lugar abierto para tomar algo caliente?"

- "No. Acá está todo muerto a esta hora. No hay kioscos, no hay nada, está todo cerrado. ¿Qué querés tomar?"

- "Algo caliente, cualquier cosa"

- "Esperame acá que te traigo algo. Esperame eh, ya vengo".

Subo a mi casa y preparo un café con leche. No me jode hacerlo, hasta lo preparo con esmero, como si fuera para mí. Después de estar en cana, algo tan simple como un café con leche... tal vez soy demasiado bueno, o demasiado ingenuo, pero prefiero eso y no al revés.

Me pongo un cuchillo tramontina en la parte de atrás del pantalón como último recurso ante cualquier sorpresa, esperando no tener jamás que usarlo. Bajo. Lo llamo desde mitad de cuadra con un gesto.

- "Gracias, muy amable", me dice con educación y también con cierta distancia, la que no había hace cinco minutos. Toma la botella y se va. Poco antes de llegar a la esquina chista. Miro hacia atrás y saluda con la mano.

No puedo dejar de pensar qué hubiera pasado si en vez de chocolate hubiera sido una piedra. Si en vez de algo caliente para tomar, hubiera querido todo lo que llevaba encima. Pienso en el golpe, en mi cara ensangrentada. Es que durante todo este tiempo no me crucé con nadie. Porque de noche Parque Patricios es tierra de nadie.

También me dejó pensando su extraña infidencia: ¿Qué hacía un pibe de San Isidro tan lejos de su barrio?

Y lo peor, ¿cuántas veces voy a tener que pasar por esto?

miércoles 25 de agosto de 2010

Parque Patricios, tierra de nadie

Voy a escribir esto a costa de que me tilden de facho, sólo por la necesidad de contar lo que veo todas las noches en mi barrio. Desde hace un tiempo, diría de los últimos dos o tres años a esta parte, Parque Patricios pasó a ser tierra de nadie. A la noche no hay policía, ni un kiosco abierto, y lo único que se encuentra por la zona son pibes pidiendo monedas, algunos bien y otros apurándote mal, desesperados por llegar a los cinco pesos para comprar paco en la villa.

Hay uno que veo seguido y que por suerte, pese a que es adicto confeso, siempre viene de buen modo. Como insiste en seguirme hasta mi casa (lo que no me da ninguna confianza) nos ponemos a hablar. Cuando bajé hoy del colectivo se dio cuenta al instante de mi gesto de desconfianza, ese que me sale inevitablemente con todos lo que se me acerquen por esa avenida Caseros desierta.

"Eh, dale que te vi bajar del colectivo y hacer así -hace gesto de alguien que se escuda-, pero sabés que está todo bien. Dame dos pesos. Mirá, te acompaño hasta tu casa y todo, dale", me dijo. Pero le contesté que esta vez no tenía nada de dinero para darle. Me pidió un poco de gaseosa.

- "Es que este barrio está terrible. Ya ni los kioscos abren", le comento.
- "Seeh, cada vez peor. El que está allá cerró porque se cansó de que le saqueáramos. Íbamos así, 'eh, no tenés una moneda'. El chabón decía que no y... ¡pum!"
- "¿'Pum' qué?"
- "Metíamos la mano y le zarpábamos algo. Todas las noches".

Pese a que la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT) establece que la frecuencia de los colectivos no debe ser menor a los 30 minutos, el viernes pasado estuve una hora y cuarto (desde la 1 a las 2.15) esperando el 133. En ese rato pude ver que, de unas 20 personas que vi la cuadra, apenas cuatro no se subieron a taxis para rajar de la zona y sólo una se quedó esperando un colectivo.

Durante ese lapso, tuve que soportar a tres pibes hechos mierda por el paco pidiéndome monedas, de los cuáles uno me preguntó si también iba "al shopping"; otro -habitué de la zona y famoso por uno de los informes de Graña que creo se llamaba "Zona Zavaleta"- que me insistía con que le faltaban dos para los cinco, y el último, que me amenazó con que tenía una faca y un grupo de amigos esperando a la vuelta para robarme, le dedicó a toda mi familia una linda e irreproducible "poesía".

Mi costo por esperar el colectivo a la noche en la vía pública y aporte no voluntario a la causa del narcotráfico de baja calidad fue de cuatro pesos, distribuido en monedas entre los tres. "Y decí que están tranquilos porque está Zavaleta", me dice una chica -la única que esperó un colectivo en la cuadra, justo en la misma parada que yo- apenas se fue el poeta agresivo.

En esa hora y media, pese a estar a dos cuadras de la comisaría, apenas pasó un patrullero, de ida y vuelta, a velocidad de delivery de pizza. Yo no soy partidario de ellos, porque creo que son parte del problema. La pregunta es obvia: si todos saben que en la villa de Zavaleta se vende paco, ¿por qué nadie hace nada? ¿Tal vez porque parte de ese dinero que estos pibes rascan de donde pueden -en algunos casos, mediante robo, lamentablemente- termina en las alforjas de la "cooperativa policial"?

Parque Patricios está entregado. Es zona de nadie y nadie hace nada. Menos el Gobierno porteño: las eternas obras de la inconclusa línea H convirtieron al parque en un descampado de médanos de tierra, laberintos de chapas y ranchadas de marginales que nadie se atrevería a cruzar. Acá no hay Policía Metropolitana, pero eso sí: tenemos bicisendas.

Los vecinos no salen, los kioscos están cerrados, los taxis no pasan. Cada vez tengo más lástima de mi barrio y angustia de bajar del colectivo y no saber si esa noche me van a chorear. "Es que Zavaleta últimamente no tiene una buena campaña turística", es mi broma recurrente a los tacheros, ya que tengo que convencerlos para que me dejen en la puerta de mi casa, donde hasta hace no tantos años solía sentarme a disfrutar la paz de la medianoche, escuchar el sonido sordo de la fábrica de azulejos y fumarme un cigarrillo antes de dormir. Hoy eso es imposible.

lunes 23 de agosto de 2010

Grandes pensamientos (en 140 caracteres)


@amilcarnani: #SiYoNoFueraYo no sería amigo mío, pero me seguiría en TW

Agresión: violencia urbana

Tengo compulsión a comprar libros. Así como las mujeres con los zapatos, yo compro libros. Y cuando paseo por las librerías de avenida Corrientes, es común que termine en el morral con uno, dos o tres libros de los temas más variados.

Uno de los últimos que compré fue una "Introducción a la psicología social" de un norteamericano llamado Elliot Aronson, que es según wikipedia uno de los "100 psicologos más importantes del siglo 20". El libro es de corte conductista, mucha prueba de laboratorio, simulación de situaciones, resultados cuantificables sacados en ambientes controlados, etc. Sin embargo, está acompañado por muchas opiniones de Aronson, incluso anécdotas personales, lo cual lo hace muy llevadero e incluso entretenido. Es más, creo que lo leí casi todo en dos semanas.

Bueno, la cuestión es que (inicio de párrafo anti-periodístico, lo sé, pero me chupa) la cuestión es que hay un capítulo llamado "La agresividad humana". El tema me llamó la atención porque se transformó en un tópico recurrente en mis sesiones de terapia. Siempre me quejo de la agresividad que hay en la calle, cómo la gente te empuja y encima te mira con cara de culo, o cómo te tiran autos encima sin pensar que no hay repuesto para piernas (ni hablar de una vida). Ni hablar de aquella bonita oportunidad en que me tiraron un cuchillazo para afanarme el celular, o de las veces que algún hecho mierda por el paco no entiende que no le voy a dar dinero.

En el libro, Aronson afirma que la agresión puede ser provocada por cualquier situación desagradable o adversa, como dolor, aburrimiento y cosas semejantes. De las situaciones adversas, el mayor instigador de agresión es la frustración.

Después, cuenta sobre una investigación en relación a la violencia racial en los Estados Unidos, donde destacan que no es la pobreza en sí la generadora de violencia, sino la frustración de las privaciones relacionadas con la pobreza. (...) los disturbios más graves causados por los negros en los últimos años no tuvieron lugar en las áreas geográficas de mayor pobreza. Al contrario, se produjeron en Watts y en Detroit, donde las cosas no están tan mal para los negros como en otras zonas del país. La cuestión es que las cosas están mal en relación con lo que el "blanco" tiene.

Las revoluciones no suelen iniciarlas personas cuyos rostros se encuentran hundidos en el fango, sino a menudo los que acaban de salir de allí, miran alrededor y se dan cuenta de que otras personas están en posición más favorable y de que el sistema las está tratando de modo injusto. (...) Considerando todas las frustraciones económicas y sociales padecidas por los grupos minoritarios de esta sociedad opulenta, lo sorprendente es que haya tan pocos disturbios.

Al leer esa última frase de Aronson, hice inmediatamente una observación: ¿qué es lo que reprime esos disturbios? Porque es cierto, a mi me sorprende que pese a todo haya relativamente poca violencia. Pongamos una situación típica: Puerto Madero a la noche. Un hombre con su mujer y sus cuatro hijos revolviendo la basura en busca de comida. A pocos metros, tras el vidrio de un restaurante, un hombre de la misma edad, con su mujer e hijos. Todos bien vestidos, con mozos que le sirven lo que quieran comer. Esos mismos mozos que al harapiento hurgador de comestibles lo tratan con desdén. ¿Cómo puede ser que ese tipo, de bronca nomás, no empiece a tirarle piedrazos a la vidriera, al auto, a los mozos y a todo lo que lo rodea? Lo que lo reprime es el miedo a los mecanismos represivos del Estado. O sea, a que lo metan en cana.

El "problema", digamos, ocurre cuando se deja de tener miedo a esa acción represiva, cuando el Estado deja de ostentar el monopolio de la violencia y otros actores comienzan a reclamarla para sí como forma de acción válida. Yo creo que eso se da en particular, en los casos de delincuencia callejera. Aunque los pelotudos sonrientes del discurso políticamente correcto con su cucurucho en la frente se esfuerzan en decir que no pasa nada, que no es taaan así, o explican -como si fuera una idea novedosa- que "es necesario buscar el origen y contextualizar" esa delincuencia, un componente de peso está en esa frustración económica y social. En ver que otros viven bien y vos mal, en un mundo de consumo donde los medios de comunicación te meten en la cabeza que para ser es necesario tener. Pero cada vez es más difícil tener y el valor éxito está sobrevaluado frente al valor del esfuerzo en sí.

La cuestión es cómo se resuelve el problema de la violencia por la frustración. Según Aronson sólo hay dos maneras: eliminar la esperanza o satisfacerla. El psicólogo explica: Un pueblo desesperanzado es un pueblo apático. Los negros sudafricanos y los de Haití no se rebelarán mientras se les impida esperar nada mejor. La gracia salvadora de los Estados Unidos es que -teóricamente al menos- se trata de una tierra de promesas. Enseñamos a nuestros hijos a esperar, a confiar y trabajar para la mejora de sus vidas. Pero si esta esperanza no tiene oportunidades razonables de acabar cumpliéndose, sobrevendrá forzosamente cierta agitación.

Como se puede ver en esta última deducción, la idea del autor está en sintonía con las investigaciones sociales que se hicieron en los Estados Unidos desde la década del 30, cuando se cagaron en las patas de la violencia social y la posibilidad -aunque haya sido mínima- de una revolución por los efectos de la Gran Depresión.

El capítulo sobre Agresividad sigue, y toca lo relacionado a la violencia en la televisión. ¿Puede fomentar o incluso aumentarla? Yo creo que sí.

miércoles 4 de agosto de 2010

La ecuanimidad según "Todo Noticias"

El nuevo institucional de TN, ¿no les pareció llamativo? El texto dice lo siguiente: "Los K, los ultra K, los K por conveniencia. Los opositores, los opositores porque sí. Todas las voces en un mismo canal".

Tomando la simplificación para nene de 4 años del espectro político argentino que hicieron en el canal de noticias de Clarín, ¿se puede decir que es simbólicamente equitativa? ¿Están bien presentadas "todas las voces"? Veamos.

"Los K": refiere al kirchnerismo, obviamente. Supone a todos los que están con el Gobierno y a los que ocupan lugares en el Estado. No hay mayores referencias.

"Los ultra K": entramos en el terreno del fanatismo. Ya estos no son sólo los que apoyan al Gobierno, son los adictos, los fanáticos, los que ni siquiera piensan lo que hacen porque no lo critican. Y si lo tienen que defender, como son fanáticos, no dudarán en apelar a la violencia (física o verbal). La referencia parece sonar a los regímenes totalitarios.

El diccionario de la Real Academia Española de Letras define ultra, entre otras aserciones, como: 2. Dicho de un grupo político, de una ideología, o de una persona: De extrema derecha (nota: en esta época a nadie le importa si se usaba para grupos de derecha).
3. Dicho de una ideología: Que extrema y radicaliza sus opiniones.
ultra-.
2. elem. compos. Antepuesto a algunos adjetivos, expresa idea de exceso.

"Los K por conveniencia": volvemos al diccionario y encontramos que entre las definiciones de conveniencia figuran: Utilidad, provecho y comodidad. O sea, los que reciben algo a cambio de su apoyo o que lo hacen para apañarse en el poder de turno. En definitiva, los corruptos y acomodaticios. Claro, como si en la oposición no los hubiera. Pero ahora vamos a ellos.

"Los opositores": o sea, los grupos políticos que difieren en sus posiciones con el Gobierno. Entre ellos estarían, claro, la UCR, la Coalición Cívica, el PRO, Peronismo Federal; todos aquellos que marcan lo perjudicial de las políticas del oficialismo. Pero no hay mayores referencias, así que sólo sabemos que son los que están en contra.

"Los opositores porque sí": este aspecto tomado aisladamente no dice nada. Pero al estar dentro de un mensaje, al tener un contexto simbólico, este opositor porque sí, es alguien que no lucha contra un buen Gobierno, sino que enfrenta a un grupo de fanáticos, de violentos, de corrompidos, de cómodos. No importa el motivo, el enemigo lo justifica.

Así, el institucional de "Todo Noticias" que intenta al menos en su superficialidad imponer una cara de equilibrio, en realidad no lo hace. Porque del lado de los K se hace referencia a aspectos muy negativos, como lo ultra (fanatismo, ideología, totalitarismo) y la conveniencia (lo que se hace por provecho o comodidad).

Frente a ese primer grupo presentado y estigmatizado, la carga simbólica de "los opositores" se llena sola por el hecho de ser el contrario, y por defecto se trata necesariamente de una carga simbólica positiva, aunque entre los opositores en definitiva también este el PRO, cuyo jefe, Mauricio Macri, está procesado judicialmente, acusado de asociación ilícita.

Pero además, por esa estigmatización, referencias tan vagas como "los opositores por que sí", que fuera de este contexto comunicacional no dirían nada o podrían significar otra cosa, se llenan de un sentido y completan el mensaje. De esa manera, el mensaje cierra con ese porque sí como algo casi heróico: no se opone por otro interés más que el de acabar con los corruptos, los fanáticos, los aprovechadores.

Además, para tener un equilibrio, debería haber otro grupo de opositores (que se nombran dos veces, contra tres de los K). ¿No se podrían haber puesto "los opositores por negociados", "los opositores por comodidad", "los opositores desmemoriados"?

En definitiva, "Los K, los ultra K, los K por conveniencia; los opositores, los opositores porque sí"; el mensaje de TN es evidente, la manipulación simbólica también. Y eso es porque ninguna parte de un mensaje puede tomarse por separado, aisladamente, sino que cada una mantiene una relación (social, política, histórica) y es eso lo que le da el verdadero significado tanto a cada parte como al todo.
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