Tuve suerte, el colectivo llegó rápido. El viaje pasó mientras pensaba algo que ahora no me acuerdo. Ya al llegar por avenida Caseros me puse a meditar qué me convenía más, si bajar en la parada cercana a la comisaría, donde hay un kiosco que ya no abre más de noche, o en la segunda, más cercana a mi casa, pero más expuesta a lo que venga.
Bajé en la primera, esperaba no encontrarme con el pibe que siempre me pide algo y me sigue hasta mi casa. Avenida Caseros parecía desierta, salvo por un flaco con cara de resignado y cierto miedo que esperaba frente al kiosco cerrado.
Caminé la primera cuadra y crucé en diagonal. Todo era desolación y humedad pegada a las paredes, al piso. Fue cuando lo vi desde el otro lado de la calle. Y me vio también. Cambió su rumbo y enfiló hacia mí. Alrededor, el vacío. Ni un alma, nada.
Miré con poca esperanza al cuartel de bomberos, que solía estar abierto en épocas normales y ahora era sólo una enorme puerta de madera. Una puerta cerrada, como todas las demás a lo largo de la calle. Puertas cerradas y árboles oscuros.
- "Viste, está cerrado, no hay nadie", dijo como riéndose de mi gesto desde la mitad de la avenida, mientras seguía su camino hacia mí. Viene con algo en la mano, es cuadrado y grande, como un ladrillo o una piedra.
- "¿Y amigo, qué andás necesitando?", le digo ya resignado, imaginando cómo sería el piedrazo en el lado derecho de mi rostro, la sangre cayendo, la desesperación de que no haya nadie para detener la posible agresión o aunque sea llamar a una ambulancia si llegara a ser necesario.
A simple vista, con la escasa luz de la calle, veo que trae una campera negra, el cierre tiene una raya blanca. Lleva pantalón de jean y tiene esa forma de pararse del pobrerío, como con cierto desgano, que es la antítesis de una postura militar. Debajo de la gorra pispean algunos rulos formados más por mugre que por una crema de enjuague. Me lleva media cabeza de alto.
- "Agarrá", me dice.
- "¿Qué es?", pregunto y miro el bodoque cuadrado que llevaba en la mano.
- "Alto chocolate. Me lo dieron allá -indica hacia una confitería restaurante ya cerrado- es el que les sale fallado del molde. Dale agarrá. Soy de San Isidro. Recién me largaron, quiero tomar algo caliente. ¿No tenés plata?"
- "Pero estás re lejos loco, ¿qué hacés por acá?", le pregunto y le doy cuatro (sí, tal vez fui generoso, pero en ese punto ya respiraba con cierta tranquilidad y hasta me había caído bien).
- "Me trasladaron. Me trajeron por una causa. ¿No sabés por acá un lugar abierto para tomar algo caliente?"
- "No. Acá está todo muerto a esta hora. No hay kioscos, no hay nada, está todo cerrado. ¿Qué querés tomar?"
- "Algo caliente, cualquier cosa"
- "Esperame acá que te traigo algo. Esperame eh, ya vengo".
Subo a mi casa y preparo un café con leche. No me jode hacerlo, hasta lo preparo con esmero, como si fuera para mí. Después de estar en cana, algo tan simple como un café con leche... tal vez soy demasiado bueno, o demasiado ingenuo, pero prefiero eso y no al revés.
Me pongo un cuchillo tramontina en la parte de atrás del pantalón como último recurso ante cualquier sorpresa, esperando no tener jamás que usarlo. Bajo. Lo llamo desde mitad de cuadra con un gesto.
- "Gracias, muy amable", me dice con educación y también con cierta distancia, la que no había hace cinco minutos. Toma la botella y se va. Poco antes de llegar a la esquina chista. Miro hacia atrás y saluda con la mano.
No puedo dejar de pensar qué hubiera pasado si en vez de chocolate hubiera sido una piedra. Si en vez de algo caliente para tomar, hubiera querido todo lo que llevaba encima. Pienso en el golpe, en mi cara ensangrentada. Es que durante todo este tiempo no me crucé con nadie. Porque de noche Parque Patricios es tierra de nadie.
También me dejó pensando su extraña infidencia: ¿Qué hacía un pibe de San Isidro tan lejos de su barrio?
Y lo peor, ¿cuántas veces voy a tener que pasar por esto?
